Biopolítica y Poder soberano


INTRODUCCION

“LA BIPOLITICA Y EL PODER SOBERANO: DOS CONCEPTOS DISTINTOS QUE CONVIVEN EN LA MODERNIDAD”


Por Mauro Cejas[1]


“...El torturador es un funcionario. El dictador es un funcionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada mas que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza.”

Eduardo Galeano, Días y noches de amor y guerra.


INTRODUCCIÓN
El titulo de esta obra, si bien genera un impacto visual (de hecho a eso apuntamos), nos otorga a su vez, la posibilidad de desprender conceptos y figuras sociales y filosóficas como las introducidas por Zigmunt Bauman y Giorgio Agamben.

De todos modos, para llegar a ese análisis, es necesario hacer una mínima referencia a la conceptualización que realiza Foucault acerca de la Biopolítica y el Biopoder, y el surgimiento del racismo biológico como explicación a un papel ambiguo del Estado.

A partir de allí, una vez hecha esa referencia de la cual Agamben se sirve para tratar los términos de nuda vida y estado de excepción, desarrollaremos puntualmente esa aparente organización vivida en los campos de concentración nazis, con la emergencia de la burocracia, lo cual al menos en principio, encontrará su real traducción en las sociedades modernas.

De la mano del interrogante, como elemento motivador de una búsqueda exacerbada de la solución a un problema, nos vemos en la posición de analizar los conceptos de racismo, burocracia y estado de excepción en su relación con este nuevo dispositivo de poder que pretende potenciar la vida.

Ahora bien, la pregunta como género, se traduce en una afirmación: la biopolitica lleva consigo implícito el poder de soberanía, lo cual deriva en el estado de excepción. Pero, ¿cómo explicar esta convivencia de conceptos?. Si en la modernidad vivimos el traspaso del poder de “hacer morir” al poder de “dejar morir” ¿qué es lo que motiva a que el viejo mecanismo resurja en la nueva sociedad biopolitica?.

Al resaltar esta presencia de soberanía en la modernidad, contando con la experiencia, no solo de la historia, sino también de quienes se encargaron de analizarla desde las distintas ciencias del saber, nos orientaremos en profundizar nuestra hipótesis, o al menos, en el mero intento de proponerla.

Asimismo, es dable marcar que al tratar temáticas y fuentes tan complejas y contar con tan escaso espacio de tiempo, nuestra hipótesis podrá ser tomada como mera hipótesis referencial y no como el esbozo académico que se podría pretender.

El advenimiento de la biopolítica: la no vida en los campos y el estado de excepción
En el curso de la historia, tanto los sujetos como los objetos de poder han ido variando inexorablemente. Los mecanismos de los que se valen quienes detentan el poder van dependiendo del contexto histórico y los efectos, positivos o no, han sido explicados en la medida de sus repercusiones.
Ahora bien, analizando uno de esos momentos en que los mecanismos de poder encuentran una variante particular, nos encontramos con lo que Michel Foucault ha dado en llamar “biopoder”. Esta particularidad, se explica en la inexistencia de un cambio radical en cuanto a la aparición del nuevo mecanismo y la desaparición del anterior, ya que en este caso puntual no es posible pensar el uno sin el otro, es decir, la nueva técnica no suprime a la anterior sino que se coloca en otro nivel, tiene otra área de acción y recurre a instrumentos diferentes.[2]
Pero al analizar el poder, Foucault centra su estudio en la fuerzas, independientemente de los sujetos y el objeto. El poder es la conducción de las fuerzas de una manera no física. No se trata de cuestionar quien detenta el poder y que intenciones tiene, es algo que circula y que no funciona sino en cadena, y se estudia a partir de las técnicas de dominación. Es algo cotidiano y compartido, hay poder en la familia, en la escuela y en la fabrica. El conductor del tren de la muerte, por ejemplo, obedecía al monstruo burocrático nazi, tal vez porque su mujer y sus hijos tenían el poder de exigir al padre de familia que aportara un salario a la casa. En realidad, la teoría del poder de Foucault, es muy extensa, por lo que optaremos por continuar con nuestro objetivo a fin de evitar caer en una discusión tan compleja.
En su momento, en las sociedades que Foucault llamó de soberanía, el rey se encargaba de establecer la vida y la muerte, ya que contaba con ese derecho de hacer morir o dejar vivir. Tal derecho era ejercido asimétricamente, vale decir, el soberano no ejercía su derecho sobre la vida sino a través de la matanza, la muerte. “El viejo derecho de hacer morir o dejar vivir fue reemplazado por el poder de hacer vivir o de rechazar hacia la muerte”.[3]
Este tipo particular de poder que se dio a partir de los siglos XVII y XVIII, consistió en hacer ingresar a la “vida biológica” dentro de los cálculos del Estado. Foucault plantea los conceptos de anatomopolítica y biopolítica para caracterizar a estos dos planos que no van separados sino que conforman en su conjunto una estrategia de control integral. Mientras el primero se dirige al hombre-cuerpo, con un control racional de cada una de sus partes, buscando un cuerpo que pueda ser sometido, transformado y perfeccionado, el segundo enfoca a regular el hombre-especie, es una biopolítica de la población cuyo objetivo será el control y manipulación racional de los nacimientos, de la mortalidad, de la salud, de la duración de la vida
La biopolítica es entonces la forma de gobierno de una nueva dinámica de las fuerzas que expresan entre ellas relaciones de poder nuevas para el mundo clásico. Ya no se apunta a la persona cuerpo sino a la persona como ser viviente, ya no como individuo sino como parte de una población, es la población ahora el objeto inmediato de este nuevo dispositivo de poder.
La racionalización del cuerpo individual a través del uso de la arquitectura panóptica (donde los hombres interiorizan las conductas esperables gracias a la mirada de un ojo vigilante) de todas las instituciones propias de la modernidad –hospitales, prisiones, cuarteles, fabricas-, y de reglamentación del tiempo, no fue más que el intento y consecuente logro por parte de la burguesía de conformar un cuerpo dócil que no sólo sea obstáculo, sino que además ayude a consolidar el sistema social en general y el sistema económico en particular. A su vez, la racionalización del cuerpo social a través de la demografía, la estadística y demás recursos completó el proceso de control de la sociedad, lo cual favoreció en cierta medida al ya instalado capitalismo.
En suma, el poder soberano empleaba una técnica disciplinaria centrada en el cuerpo, la cual producía efectos individualizantes manipulando los cuerpos como focos de fuerzas que deben hacerse útiles y dóciles. Consecuentemente a ello, la historia cuenta con el advenimiento de esta nueva tecnología de poder centrada sobre la vida, con las características propias de una población determinada y con la finalidad de llevar un control respecto de las consecuencias positivas y negativas de esa masa viviente que es la población.
Es importante aclarar que la entrada de la "vida en la historia" es analizada por Foucault a través del desarrollo de la economía política. Él demuestra cómo las técnicas de poder cambian en el momento preciso en el que el gobierno de la familia (la economía) y el gobierno de la polis (la política) se integran la una en la otra. Hay aquí una notable alusión a los vocablos “bíos” y “zoé” introducidos por Hannah Arendt en su obra “La Condición Humana”[4]. Bíos, hace referencia a la vida en sentido humano, la que puede dar lugar a una biografía; zoé, por su parte, alude a la vida en sentido biológico. En las esferas de lo público y lo privado, los significados de bíos y zoé muestran, según Arendt, que la vida humana plena es sólo aquella que puede emplear activamente la acción y la palabra. Es al zoé a lo que Agamben se referirá con su “nuda vida” y, a tal concepto remitiremos nuestro objeto de estudio en la medida de sus exigencias.
Los nuevos dispositivos biopolíticos nacen en el momento en que se plantea la cuestión de gobernar eficientemente a los individuos, los bienes, las riquezas, como puede hacerse dentro de una familia, como puede hacerlo un buen padre de familia que sabe dirigir a su mujer, a sus hijos, a sus domésticos, que sabe hacer prosperar a su familia, que sabe distinguir para ella las alianzas que le conviene. ¿Cómo introducir este tipo de relación del padre con su familia dentro de la gestión de un Estado?
Esta relación entre gobierno-población y economía política remite a una dinámica de las fuerzas que funda una nueva relación entre política y ontología. Se trata de una economía política que gobierna todo un campo material complejo en el que entran en juego nuevas relaciones de poder.
En la modernidad, la problemática sociopolitica fundamental ya no se ve reflejada en un poder único y soberano, sino el de una multitud de fuerzas que actúan y reaccionan entre ellas acorde a las relaciones de mando y obediencia, es decir, la relación maestro-alumno, patrón-obrero, médico-enfermo.
La asociación de las fuerzas que constituyen el cuerpo social es lo que genera la crisis de la soberanía, pero con esto no se descuida el análisis de ésta, sólo que su poder recae en una impotencia propiciada por esta asociación de las fuerzas sociales. Lo cierto aquí, es que no es posible afirmar que el poder de soberanía pierde su eficacia ya que no es reemplazado por el dispositivo biopolítico pero sí se ve desplazado en sus funciones. Ampliaremos esta idea en el apartado siguiente.
Se ha escrito mucho sobre la biopolítica y los análisis efectuados por cada autor son realmente numerosos. Gracias a ello, se han introducido una variedad de conceptos sociológicos que se desprenden directa o indirectamente de este moderno mecanismo en el que el poder interviene en la vida humana.
Hemos dicho que el poder soberano se ha ejercido asimétricamente en la época disciplinaria. El poder de hacer vivir, el biopoder, tiene sin embargo su reverso. Lo extraño es que en un sistema político centrado en el biopoder se ejerza la función de dar muerte tal cual ocurría con la soberanía. Uno de los ejemplos más obvios es lo ocurrido en el Holocausto.
La filosofía, la sociología y otros grandes saberes de nuestra actualidad muestran sus desvelos cuando interrogan este tema. Surgen los interrogantes sobre las matanzas, las virtudes buenas o malas de los hombres o generalizaciones, que transforman esta cuestión la mayoría de las veces en un paseo cultural.
Desde aquí se impone definir a las sociedades humanas de otra manera a como se han definido hasta ahora, en tanto dan lugar a la instauración de un Estado que instituye una aberración máxima como ley.
Diferentes autores se han encargado de analizar este planteo. Michel Foucault habla de racismo biológico o de Estado, mientras que Giorgio Agamben introduce el término de tanatopolítica.
El racismo biológico dentro de un Estado cumple la función de introducir un corte, una separación en el ámbito de la vida que el poder tomó a su cargo para, con el fin de asegurar la pureza de la raza, el mejoramiento de la especie y la supervivencia de los más aptos, poder dar muerte en tanto poder soberano.
Por su parte, la tanatopolítica de Agamben, no se consolida sin más contra cualquier vida. Para efectivizar la muerte es necesario que intervenga una censura, un desgarro al interior de lo social que indique que una determinada vida no merece ser vivida, que hay algo menos que humano en el interior de la propia humanidad.
Para explicar tal análisis, el referido autor nos presenta un nuevo concepto, la “nuda vida”. Se refiere a aquella vida meramente biológica que, como resultado de un minucioso procedimiento biopolítico, queda sin forma, desnuda. Agamben considera que los cuerpos abandonados del judío en el campo de concentración han sido cuidadosamente separados de la sociedad con la finalidad de gestionar algo que en determinadas ocasiones les significara la muerte.
Es difícil analizar la idea de despojar de vida humana a una forma de vida. Sin embargo, esto es lo que ocurría en los campos, los seres vivientes eran despojados de su humanidad. Este autor sugiere la figura del “musulmán” como encarnación de lo que él denomina nuda vida.
El “musulmán” intentaba sobrevivir comiendo desperdicios, no contaba con la capacidad de defenderse de las agresiones que sufría constantemente, ya que había perdido todo rasgo de humanidad. Eran prisioneros en estado de desnutrición, incapaces de oponer resistencia alguna, vagaban como sombras, privados de la palabra y por tanto de dar testimonio. Constituían el límite entre el hombre y el no hombre, entre el ser viviente y el ser despojado al que ya hemos aludido, y su brillante conclusión, tiene que ver con su idea del testigo. Para él los sobrevivientes del holocausto no son los verdaderos testigos de lo sucedido sino que el único testimonio era el que podría dar el musulmán, aunque, claro está, eso era prácticamente imposible. “Lo intestimoniable tiene un nombre. Se llama en la jerga del campo, der Muselmann, el musulmán”[5]
Siguiendo este orden, surge un nuevo concepto incorporado por este autor: el estado de excepción. Para Agamben, los campos nacen del estado de excepción ya que allí se da una indefinición entre hecho y derecho, entre persona y sujeto de derecho. “El campo de concentración es el espacio que se abre cuando el estado de excepción empieza a convertirse en regla”[6]. En realidad, se refiere al momento en que se establece una tendencia a la habitualidad y se confunde excepción con normalidad. Auschwitz es el mejor ejemplo en donde el estado de excepción se confunde con la regla determinando un aire de normalidad en los campos.
Los habitantes del campo, al haber sido despojados de cualquier condición política y reducidos íntegramente a una vida desnuda –nuda vida- colocan al campo en un espacio biopolítico de magnitud ya que el poder no encuentra contraposición más allá de la nuda vida y sin mediación alguna. Como bien lo explica este autor, “el campo es el paradigma mismo del espacio político en el punto en que la política se convierte en biopolítica y el Homo Sacer se confunde virtualmente con el ciudadano”[7].
El Homo Sacer, además de ser el titulo de la obra de Giorgio Agamben, es una figura que reconoce su origen en el derecho arcaico, en donde se refería así a los hombres que habiendo sido condenados por un delito podían ser eliminados por cualquiera sin que ello se pueda condenar. Es así como lo considera comparable a la nuda vida, el despojo de los refugiados en los lager.
Es curiosa la siguiente contradicción. Si la base jurídica de la internación en los campos era la Schutzhaft (custodia protectora), parece hasta irónico que esa protección sea contra la suspensión de la ley. El estado de excepción, en tanto suspensión temporal del ordenamiento, adquiere un orden especial permanente que, como tal, permanece constantemente fuera del ordenamiento normal. Cuando se crea Dachau, por ejemplo, se origina este estado de excepción puesto que se está fuera de las reglas del derecho penal y carcelario, recordemos que los internados no habían cometido delito alguno. Lo mismo ocurriría con los demás campos de concentración y la realidad allí dentro se vería, con el correr del tiempo, primero con las leyes de Nüremberg y luego con la conferencia de Wannsee, cada vez más severa e intolerable, lo que significaría el advenimiento del musulmán.
Los campos de concentración como una de las principales características del Holocausto, son por lo general observados como un hecho histórico y, a partir de allí, se han efectuado los estudios y análisis pertinentes a fin de obtener ciertas respuestas a preguntas surgidas como consecuencia de lo sucedido.
De todos modos, no creemos que prescindir del análisis histórico contextual sea lo más pertinente a la hora de discutir el Holocausto, sino que es necesario, tal como lo plantea Agamben, desviar el objeto de estudio al análisis de la estructura jurídico política en la que se dieron semejantes atrocidades. Lo que corresponde es observar al campo como una realidad oculta en el espacio político actual. Vale decir, el interrogante ya no es por qué se dio el holocausto sino por qué se dieron casos similares con posterioridad.
A este respecto, creemos propiciado hacer una breve referencia a la obra de otro autor. Zigmunt Bauman, quien al igual que Agamben, critica las categorías utilizadas en el estudio de Auschwitz y propone para ello analizar las posibilidades del Holocausto remitiéndose a una especie de disolución de responsabilidades en la organización que efectuaba los manejos en los campos. En los trabajos realizados en el régimen siempre existía un intermediario que garantizaba una reducción de responsabilidad. Contamos aquí con la presencia de la burocracia, una organización racional que llevaba a prescindir de los fines puntualizando su acción solo en los medios, lo cual significaba la ausencia de alteridad en los sujetos activos de poder. Esta burocracia, dice Bauman, es posible gracias a los elementos que brinda la sociedad moderna. “La burocracia es intrínsicamente capaz de una actuación genocida. Para participar en esta actuación necesita encontrarse con otro de los inventos de la modernidad: un proyecto audaz para un orden social mejor, mas razonable y racional, como la uniformidad racial...” [8]
El Estado moderno, estructurado racionalmente, es administrado por un conjunto de funcionarios definidos y jerárquicamente relacionados, y reclutados con base en una calificación con criterios prefijados. Es notable la influencia de Max Weber, para quien la Burocracia es la estructura administrativa de la que se vale el tipo mas puro de dominio legal ligada a la proliferación de normas y reglamentos a las que están sujetos tanto quienes ejercen el poder como los dominados.[9]
De todos modos, retomando los estudios de Foucault referentes a los dispositivos de poder y el respectivo análisis agambeano, surgen varios cuestionamientos, pero en definitiva el interrogante que más los vincula es: ¿Por qué se desencadenó el Holocausto en esta modernidad caracterizada por la biopolítica, el control sobre la vida, y la importancia del hombre como parte de una población?
La respuesta efectuada por Michel Foucault como bien lo puntualizamos precedentemente está orientada por el lado del racismo de estado. Ahora bien, en los estados totalitarios existe tanto la preocupación de hacer vivir como la de hacer morir, hay un entrecruzamiento. El poder que se hacía cargo de la vida se cruza con un poder de muerte. La política pasa a coincidir con la tanatopolítica, vale decir, un ejercicio del poder preocupado por la vida coincide con un ejercicio del poder ejercido por la vertiente de la muerte.
Este racismo biológico o de estado, es la manera de introducir el poder de muerte –derecho de muerte- en un poder que se hizo cargo de la vida –derecho de vida-. Para que ello sea posible hay que establecer en la vida humana un corte o censura que defina quiénes deben morir y quiénes deben vivir, es por eso que la resolución al problema será que la vida de unos sólo es posible mediante la eliminación de los otros.[10] Es así como se traduce el racismo de estado.
Pero estas censuras en los campos, eran móviles que se aislaban en una zona pasible de eliminación, y se identificaban con diferentes dicotomías subjetivas: arios y no arios, judíos y arios, internados, deportados, etc. De todos modos, esas modificaciones en las zonas móviles de aislamiento y censura, llegaban a un último limite posible el cual les significaba el traspaso del “ser sujeto” al “ser estado”, de la vida en proceso de deshumanización a la nuda vida, en definitiva, la referencia puntual es la figura del musulmán.
Se demuestra así, la ruptura del entrecruzamiento del cuerpo biológico y el cuerpo político, se rompe ese vinculo al que se había llegado con la modernidad y queda todo reducido a la vida biológica, a la vida despojada de toda posible mediación política, ergo, a la nuda vida.
La conclusión de Agamben está muy influenciada por Arendt, quien consideraba al campo de concentración como un lugar de fabricación de una especie humana cuyo único objetivo era reproducir su vida. El italiano sostiene la idea del campo como fabrica de cadáveres y sostiene que la producción era destinada a un nuevo estado al cual coloca mas allá de la vida y de la muerte, limitado a la mera vida biológica, al musulmán.

Auschwitz: La presencia continua del Poder Soberano en la modernidad y su ambigüedad en el estado de excepción
Hemos desarrollado la transición a la biopolítica instaurada en la modernidad propuesta por Foucault, partiendo de la base de que el control y el protagonismo se instauran en la población en la medida en que el pueblo deviene en población, el cuerpo político en cuerpo biológico.
Asimismo, lo hemos efectuado no sin antes hacer mención al mecanismo de poder protagonizado con anterioridad por la soberanía, el cual se consolida apuntando al individuo siendo su característica principal el hacer morir o dejar vivir.
En ese orden, también referimos que el surgimiento de la biopolítica no hace desaparecer al soberano ya que ambos conforman en su conjunto una estrategia de control integral. Así, mientras el primero se dirige al hombre cuerpo, con un control racional de cada una de sus partes, buscando un cuerpo que pueda ser sometido, transformado y perfeccionado, el segundo enfoca a regular el hombre especie cuyo objeto es el control de cada unos de los estadios de la vida.
El racismo asegura la función de muerte en la economía del poder, sobre el principio de que la muerte del otro equivale al reforzamiento biológico de sí mismo como miembro de una raza o población. Estamos muy lejos del racismo como simple desprecio u odio de las razas. Pero también lejos del racismo como operación ideológica con la que el estado o una clase tratarían de volver contra un adversario mítico las hostilidades. Un estado obligado a la eliminación de las razas, o a la purificación de la raza, debe utilizar el racismo para ejercer su poder soberano. Así, los estados más homicidas son los más racistas.
Foucault dice que el imperativo de muerte en el sistema de biopoder sólo es posible si se tiende a la victoria sobre el peligro biológico y al reforzamiento de la raza. Al referirse al racismo sostiene: “desde el momento en que el Estado funciona sobre la base del biopoder, la función homicida del Estado mismo solo puede ser asegurada por el racismo”[11].
Foucault alude al nazismo como máxima expresión del régimen disciplinario, resalta que al mismo tiempo de gestación de esta sociedad biopolítica se cuenta con el desencadenamiento mas completo del poder homicida, es decir, del viejo poder soberano de matar. Pero esto no se da sólo en cabeza del Estado sino en una serie de individuos (S.A., S.S. etc.). Asimismo, el único objeto del nazismo no será la destrucción de la raza sino que también exponerla al máximo peligro de muerte, ese es uno de los deberes fundamentales de la obediencia nazi.[12]
Lo cierto es, que en un principio, al establecerse esta era moderna, el poder soberano se encuentra ante la instauración de un nuevo dispositivo de poder que lo deja seriamente relegado a los ojos de la sociedad, sin embargo siempre estará presente. De hecho, no sería posible pensar en la biopolítica sin el antecedente de soberanía.
Al referirse a la definición nacionalsocialista de la raza, Giorgio Agamben expresa: “No se comprende la especificidad del concepto nacionalsocialista de raza –ni la particular vaguedad e inconsistencia que lo caracterizan- si se olvida que el cuerpo biopolítico que constituye el nuevo sujeto político fundamental, no es una questio facti (por ejemplo, la identificación de un cierto cuerpo biológico) ni una questio iuris (la identificación de una cierta norma que debe aplicarse), sino el producto de una decisión política soberana que opera sobre la base de una absoluta indiferencia entre hecho y derecho.”[13]
Con ese antecedente del concepto de raza, la legislación alemana fue penetrada por cláusulas generales e indeterminadas que no se remiten a una norma sino a una situación. En la ley se observan términos como –obligación de actuar-, -motivo importante-, situación de peligro- invadiendo la norma y dejando como mera ilusión una ley que sea capaz de regular los hechos emergentes que lo necesiten y que limite al juez a aplicarla sin más.[14]
Estos conceptos generales que brindan incertidumbre al ordenamiento, son los que conllevan a que la regla y la excepción se hagan indiscernibles y, por lo tanto, a que el encargado de aplicar esa cláusula indeterminada –o determinada por la incertidumbre- ya no se oriente ni por la norma ni por una situación de hecho ya que entre estos hay indefinición.
Bajo este punto de vista, es que queremos concluir en una imprescindible presencia del poder soberano, en un rol, ambiguo tal vez, pero que hace posible entender un estado de excepción o una confusión en las cuestiones de hecho y las cuestiones de derecho. Vale decir, sin la introducción de estas indeterminaciones e incertidumbres en el ordenamiento, esto no sería posible y esa decisión está a cargo del soberano.
El Holocausto no tuvo base legal ni siquiera en la propia legislación nazi. Las leyes penales mostraban solo la cara visible del sistema penal formal y algo de un sistema penal paralelo, mientras en la trastienda funcionaba la ley sin limites. Todas las leyes nazis se dirigían al Führer para complacerle, pero también al publico a los fines de la propaganda. Solo secundariamente tendían a burocratizar la supresión de los enemigos, los extraños. A lo que si tendían, era a fabricar un enemigo. Alimentaban y reforzaban los peores prejuicios para estimular públicamente la identificación del enemigo de turno. Se trataba de una racionalización para justificar un régimen que ejercía un poder represivo ilimitado, habilitado o no legalmente, pero que acudía a la ilusión de una guerra para legitimar tal ilimitación.[15]
Se podría caer en el error de interpretar que, en lo que hace al régimen nacionalsocialista, la palabra del Führer sea la fuente inmediata y perfecta de la ley. Con esa advertencia, es menester realizar un pequeño análisis. La palabra del Führer no es un hecho que se transforma en norma ya que no es admisible ni como regla ni como excepción. No es posible distinguir en ella la producción del derecho ni su aplicación ya que empíricamente norma y aplicación coinciden en tiempo y lugar.[16]
Sin embargo, la autoridad del Führer no era ejercida con despotismo, ni mediante la imposición sobre la voluntad y las personas de los súbditos, sino que los límites de su poder van desapareciendo en la medida en que el pueblo alemán se identifica con él. Es en virtud de esa identificación que automáticamente la palabra del Führer se convierte en ley. La distinción tradicional entre cuerpo físico y cuerpo político del soberano desaparece en este caso y los dos cuerpos se integran en uno. El Führer transita incesantemente del cuerpo político al biológico.[17]
En el caso del Homo Sacer, “el hombre estaba a merced de quien quisiera matarlo, pero era al mismo tiempo libre. Así, este hombre quedaba abandonado, incluido y excluido al mismo tiempo en la comunidad, y por lo tanto, dentro y fuera del derecho. Quien es capaz de tomar la decisión de poner a alguien en esa situación es el soberano. De esta manera, quedan vinculados los conceptos de nuda vida y estado de excepción con la soberanía.”[18]
Por otro lado, la figura del judío en el campo, despojado de toda cualidad política, imposibilitado de ejercer activamente la acción y la palabra e incapaz de ofrecer resistencia alguna ante las imposiciones totalitarias, precisamente por estar expuesto constantemente a una amenaza de muerte incondicionada, se encuentra a su vez en contacto con el poder ya que genera algo en contra suyo. En palabras de Agamben, la nuda vida del judío queda incluida en el bando soberano al cual debe eludir en todo momento y no hay así, “más vida política que la suya”[19]. He aquí un nuevo ejemplo de la ambigüedad de la soberanía. Es más, Agamben plantea que el guardián en el campo parece sentirse algunas veces súbitamente impotente ante él porque sospecha que el musulmán, imposibilitado de distinguir entre una orden y el insoportable frío, le ofrecía alguna resistencia.
Situémonos ahora en aquel enero de 1942. Es sabido que a la conferencia de Wannsee concurrieron Jerarcas y representantes de estos. Como buenos funcionarios, todos ellos poseían una educación formal y académica. La reunión fue breve y, en general, plácida. Al finalizar, los presentes que, a esa altura, acababan de avalar las líneas maestras para el exterminio de millones de personas, la totalidad de la población judía de Europa incluidos países como Gran Bretaña, Irlanda o Suiza que no habían sido invadidos por el III Reich. De las minutas de aquella reunión se realizaron copias que fueron destruidas. Sin embargo, no siempre se logra borrar todas las huellas. Una fue localizada y su contenido no podía resultar más revelador. Y es que, en enero de 1942, el nazismo no había decidido acabar con todos los judíos como represalia por la derrota, sino como manifestación de su seguridad en la próxima victoria que, dicho sea de paso, nadie parecía poder negar. Durante los años siguientes, tanto Heydrich, el artífice cerebral de Wannsee, como Eichmann, su encargado organizacional, irían trazando los detalles del plan de exterminio y no puede negarse que lo hicieron con una diabólica efectividad. Esto es muy relevante para la Historia del Holocausto y una clara manifestación de que la especie humana no vive en una línea de progreso continuo y de que incluso se permite retroceder con frecuencia notable hacia las peores manifestaciones de la barbarie.
Pero, una vez realizada la pertinente referencia histórica, retomando nuestro análisis del poder soberano, podemos resaltar que lo acontecido en Wannsee no fue una discusión acerca de alguna solución al problema judío ni un intercambio de opiniones a fin de llegar a la decisión final. Justamente, podríamos decir, se denominó conferencia y no pacto o acuerdo porque la decisión ya estaba tomada. Tal vez la denominación debió haber sido “el comunicado de Wannsee”. Lo allí sucedido es un fiel reflejo del papel del soberano, esta vez, previo a confundirse los cuerpos biológicos y políticos, previo a darse esa indefinición entre hecho y derecho.
Es notable como se refleja esta organización racional de la que habla Bauman, mas aún, es evidente la ausencia de alteridad de quienes prestan conformidad a la solución final. De hecho, como bien quedo señalado mas arriba, se da con anterioridad al límite último del estado de excepción.
Estas son distintas circunstancias en las que se refleja la existencia ambigua del poder soberano. Ambigüedad en cuanto a que en determinadas ocasiones su presencia se rescata protagónicamente y en otras tantas en un clima de confusión total. Es que los acontecimientos, al tomar un cambio de dirección luego de 1942/3, colocan a los sujetos en una variable inevitable. Ocurre con los judíos y ocurre con los perpetradores.
La misma ambigüedad que se percibe tanto en la persona del Führer, como ley viviente, como en los destinatarios de esa ley viviente ya que en ambos casos no se debe olvidar que el nuevo sujeto político se comprende en una decisión política soberana, la cual es desarrollada sobre una absoluta indiferencia entre regla y hecho.

Conclusión



Resulta necesario detenernos a pensar Asuchwitz. Esta vez, lejos de la clásica anécdota histórica y valiéndonos de los distintos análisis filosóficos efectuados por diferentes autores.

Eso es lo que facilita el surgimiento de nuestra hipótesis. Así, que la biopolitica lleva consigo implícito el poder de soberanía, lo cual deriva en el estado de excepción, luego de haber finiquitado nuestra investigación, parece haber quedado claro. Pero hay que encontrarle una explicación a esa convivencia.

En tal sentido, creo que la burocracia se perfila como potencial respuesta, o al menos, nos aporta una certeza a la hora de concretar esa búsqueda de solución al problema.

La cuestión pasa necesariamente por la deshumanización como condición inevitable de la representación del extraño, en los momentos previos a su destrucción o subordinación total. Zygmunt Bauman nos ayuda con su idea de la racionalidad instrumental. El Holocausto era fundamentalmente una decisión administrativa, una cuestión meramente burocrática. Y es a partir de esto que explicamos la implicancia del poder de soberanía en la sociedad biopolitica.

Pero, cuidado. Esto no significa banalizar el nazismo cual Hanna Arendt con su idea de la obediencia debida. Sino que solo nos reducimos a hablar de la simple decisión administrativa, mostrando su crudeza moderna. El Holocausto no es legitimado por el proceso de deshumanización (para eso ya contamos con grandes antecedentes anteriores de antisemitismo europeo) sino que tal proceso es su mecanismo necesario en un proceso de discriminación racial.
De todos modos, y continuando con aquella “decisión administrativa”, el error está en creer que la sociedad se rige por los elementos de la moral y la ética, ya que la realidad nos indica que por lo único que se rige la comunidad es por la ley. Es así que, teniendo en cuenta que el derecho no es mas que la voluntad racionalizada por los vencedores, aclarando que tal voluntad necesita de funcionarios eficaces, llegamos a la conclusión de que la presencia soberana en la vida moderna se ve, cuando menos, potenciada por los aportes de la burocracia.

Por lo tanto, cuando en el campo de concentración se confunden regla y excepción se encuentra presente la burocracia en tanto proceso deshumanizador, el soberano que dispone la orden, y la nuda vida, la zoé y el musulmán como destinatario final.


Bibliografía
Ø Agamben, Giorgio, “Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida”, Editorial Pre-textos, Valencia, 2003.
Ø ­­­­­­­­­­­­­ _______________ “Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III”, Editorial Pre-textos, Valencia, 2000.
Ø Arentd Hannah, “La condición humana”, Editorial Paidós, Barcelona, 1993.
Ø Bauman, Zygmunt, “Modernidad y Holocausto”, Editorial Zequitur, Madrid, 1998.
Ø Brunet Graciela Nélida “Giorgio Agamben, lector de Hannah Arendt” (En línea) Revista electrónica Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092Año V, Número 16, Noviembre 2007 http://www.konvergencias.net/brunet147.pdf
Ø Foucault, Michel, “Genealogía del Racismo” Editorial Altamira, Buenos Aires, 1996.
Ø _______________ “Derecho de muerte y poder sobre la vida”, en Historia de la sexualidad. Vol. 1, Siglo XXI Editores, México, 1977
Ø Weber Max, “Economía y Sociedad”, Editorial Fondo de Cultura Económica, 1999.
Ø Zaffaroni, Eugenio Raúl, “El enemigo en el derecho penal”. Editorial Dykinson, 2006.



[1] Estudiante de la carrera de abogacía de la Facultad de Derecho de la UBA. Este trabajo fue presentado en la materia Sociología del Holocausto a cargo del Prof. Adjunto Fernando Susini, en el primer cuatrimestre de 2009.

[2] Foucault, Michel, “Genealogía del Racismo” Editorial Altamira, Buenos Aires, 1996, p. 202/203

[3]Foucault, M., “Derecho de muerte y poder sobre la vida”, en Historia de la sexualidad. Vol. 1, Siglo XXI Editores, México, 1977

[4] Arentd Hannah, “La condición humana”, Editorial Paidós, Barcelona, 1993.

[5] Agamben, G., “Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III” Editorial Pre-textos, Valencia, 2000.p. 41.

[6] Agamben, G., “Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida”, Editorial Pre-textos, Valencia, 2003, p. 215.

[7] Agamben, G., “Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida”, op. cit., p. 217

[8] Bauman, Zygmunt, “Modernidad y Holocausto”, Editorial Zequitur, Madrid, 1998, p. 139

[9] Weber Max, “Economía y Sociedad”, Editorial Fondo de Cultura Económica, 1999.

[10] Foucault, Michel, “Genealogía del Racismo” Editorial Altamira, Buenos Aires, 1996, p. 206-207.

[11] Foucault, M., “Genealogía del racismo” op. cit, p. 207.

[12] Foucault, M., “Genealogía del racismo” op. cit, p. 210

[13] Agamben, G., “Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida”, op. cit., p. 218.

[14] Agamben, G., idem, p. 219.

[15] Zaffaroni, Eugenio Raúl, “El enemigo en el derecho penal”. Editorial Dykinson, 2006, p. 53/56.

[16] Agamben, G., “Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida”, op. cit., p. 220.

[17] Agamben, G., idem, p. 233/34.

[18] Graciela Nélida Brunet “Giorgio Agamben, lector de Hannah Arendt” (En línea) Revista electrónica Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092Año V, Número 16, Noviembre 2007, p. 109. http://www.konvergencias.net/brunet147.pdf

[19] Agamben, G., “Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida”, op. cit., p. 233.