Procedimientos policiales
fraguados. Una seria disfunción en el sistema penal argentino.
Por Daniel Eduardo
Rafecas
Esta historia comenzó hace unos años, a raíz de haber
participado de un juicio oral –como Secretario del Fiscal-, en el cual quedó
demostrado que un hombre, presentado ante la justicia por la policía federal
como un “peligroso narcotraficante”, no era más que un albañil desocupado que
había sido captado por un sujeto de buena presencia, en la puerta de la Iglesia San Cayetano
de Liniers (donde funciona una bolsa de trabajo), y trasladado, con la promesa
de una “changa”, hasta el interior de la Estación Constitución.
Una vez allí, el “patrón” lo dejó solo con la excusa de ir a comprar los
boletos, hecho al cual sucedió un “operativo de rutina” por policías de civil,
que se dirigió directamente al hombre. Claro, al lado del desocupado había un
bolso dejado por el “patrón”, en el cual había drogas, una balanza y otros
elementos comprometedores. Durante el juicio se comprobó la veracidad de la
versión del imputado, ya que compañeros de la bolsa de trabajo de San Cayetano
acudieron al juicio en su respaldo. Además, la droga resultó estar rebajada al
1 %, es decir, era inocua como tal, y tan sólo funcional a los perversos fines
ocultos que llevaron a realizar el “procedimiento”. Recuerdo especialmente que,
además del bolso que hasta ese momento había atraído todas las miradas
forenses, recién durante el juicio oral se reparó en que había otro bolso secuestrado, pequeño,
gastado, en cuyo interior se había registrado el hallazgo de un mameluco, una
toalla y un sandwich. No hacía falta, pero nuestro pobre albañil aclaró que su
esposa, todos los días, le preparaba un refrigerio para enfrentar cada duro e
incierto día en el cual procuraba acercar algo de dinero para ella y sus tres
hijos. La trampa policial llevó a la cárcel al hombre, hasta el día en que se
recibió en el juzgado federal, la pericia química con el resultado de la
calidad de la droga. Sin embargo, pese a ello y a otras luces de alarma que se
advertían por doquier, el proceso, rutinario e impersonal, siguió su silencioso
trámite hasta el debate en el tribunal oral.
A partir de este caso, muchos otros comenzaron a
surgir. Un defensor oficial del fuero me puso al tanto de una decena de casos
similares, ensañados especialmente con inmigrantes ilegales peruanos y
bolivianos reclutados en la plaza de Cobo y Curapaligüe, en donde se aglomeran
desesperados por obtener trabajo -aun esclavo-, para sobrevivir. Desde San
Cayetano me informaron de tres o cuatro casos más. En mi propia fiscalía había
algún que otro antecedente parecido.
Así, preocupado por esta situación, decidí elevar un
informe por escrito a mi superior, que a su vez, lo remitió a la Procuración General,
donde tuvo un eco favorable, a tal punto de que meses después quedaba
conformada, con la firma del Procurador General de la Nación, una comisión
investigadora de este tipo de procedimientos, formada por varios fiscales, y
que también me incluyó.
Lo primero que se hizo en la Comisión fue remitir a
todas las fiscalías penales de la ciudad de Buenos Aires, copia del informe
para que tomen nota de lo detectado y para que hagan saber de otros posibles
casos hasta entonces no incluidos. Grande fue la sorpresa cuando las respuestas
de los fiscales fueron masivas, a tal punto que, de aquel originario de trece casos,
pasamos en pocos meses, a un informe con cuarenta y dos.
En todos ellos, los patrones eran similares: víctimas con escasas posibilidades de
reaccionar frente al sistema penal (mendigos,
inmigrantes ilegales, sujetos con altísimo nivel de deterioro psicosocial por
abuso de drogas o de alcohol, cartoneros, chicos de la calle, inimputables, etc.);
“carnadas” que con diversas excusas
los trasladan hasta el sitio donde luego
tendrá lugar el procedimiento; hallazgo
casual pero exitoso de material
comprometedor (drogas, armas, etc.) que permite hablar de un transporte de
drogas o de un intento de asalto frustrado por la policía; y la aparición casi inmediata de los medios
televisivos y de prensa en el lugar del hecho.
Desde aquel inicio hasta fines de 2004, fecha en la que
se redactó el informe final, la lista no terminó de aumentar, hasta terminar incluyendo
poco más de cien casos, y tan solo se han incorporado aquellos en que la
justicia absolvió o sobreseyó a la víctima, no así los casos de condena, pese a
que éstos tienen todas las huellas dactilares de los procedimientos policiales
fraguados. Simplemente, en muchos casos, la Comisión investigadora no llegó a tiempo para
intentar evitar la condena, y en algún caso, los operadores judiciales que
intervenían hicieron oídos sordos a los informes que se les remitió y
condenaron al justiciable de todos modos.
¿Desde cuándo existe este
tipo de procedimientos?
Es una pregunta difícil de contestar, ya que, en verdad,
estas acciones son tributarias de otras similares que existían en décadas
pasadas. Hay al respecto, un excelente trabajo de las reconocida Antropóloga
Sofía Tiscornia, publicado en la Revista “Encrucijadas” de la UBA (2001), en
donde la autora sitúa en perspectiva este tipo de procedimientos fraguados más
bien modernos, y revela sus lazos
parentales con las prácticas policiales-judiciales de distintas épocas,
atravesadas por un único autoritarismo, sólo cambiante en intensidad merced a
los controles a los que el poder se vio sometido en los distintos momentos de
la Argentina.
Más en concreto, mi experiencia es que al menos
comenzaron a detectarse ni bien arrancó el sistema de juicio oral. Hay un caso
de 1993, en el cual un joven migrante chaqueño, apenas instruido pero padre de
familia y excelente empleado de un supermercado, tuvo la mala idea de ir a
hablar al locutorio de la Estación Constitución en el horario de su almuerzo.
Nunca regresó. Cayó en una trampa policial al sentarse a esperar su turno al
lado de un bolso, en el cual había armas, una granada y una nota indicando que
iba a asaltar el local. Para colmo, dentro del bolso se colocaron papeles
personales que el chico llevaba encima. Luego llamaron a los testigos, y dio
comienzo el procedimiento, que llegó, un año después, al juicio oral, donde
finalmente fue absuelto por un tecnicismo, pero que dejó entrever que “algo” no
cerraba. De paso, la víctima, que estuvo presa, perdió todo, trabajo, familia y
vivienda. Su mujer e hijo se volvieron al Chaco, y el muchacho, desocupado y
estigmatizado, debió mudarse a una villa de emergencia, donde le perdí el
rastro. Nunca pude dar con él para reivindicarlo al menos verbalmente, en
nombre de la Justicia de su país, de lo que se descubriría años después.
Desde ese momento, los casos se registraron de modo
ininterrumpido desde 1994 hasta hoy, con un pico ostensible durante 1997-1998,
en donde la furia de operativos falsos no dio respiro al compás de asaltos
frustrados a bancos, restoranes, supermercados y camiones blindados, todos, por
supuesto, para la foto, el legajo y la estadística, y sin medir consecuencias
en punto al tremendo daño a los inocentes involucrados y a la credibilidad y
prestigio no sólo de la institución policial, sino también de la Justicia que no
reacciona como debiera y de los medios de comunicación que se prestan a
difundirlos.
¿Porqué lo hacen?
Todos estos procedimientos tuvieron cobertura
periodística. Siempre aparecen las cámaras de televisión y al día siguiente, en
muchísimos casos, la noticia es reproducida por los diarios, especialmente, por
el medio “Crónica”, aunque también se han hecho eco de la versión policial los
medios “Diario Popular” y “La Razón”, y en menor intensidad, “La Nación” y
“Clarín”. Da tristeza ver años después, cómo estos medios dieron cuenta de
episodios ficticios, con fotos y detalles que han sido burdamente preparados
para eso: trasladar a la opinión pública, la sensación de eficiencia, la idea
de que la policía combate eficientemente el delito, y para ello, se valen sin
miramientos de personas inocentes, y de la –al menos- ingenuidad de los medios
masivos de comunicación que “compran” sin revisar un producto espurio.
Luego de todos estos años de relacionarme con este tipo
de casos, surge claramente que al menos una de las razones de ser de estos
operativos es la promoción de eficiencia y la transmisión de la idea de que la
policía lucha contra el delito.
Siempre los casos son presentados como procedimientos
exitosos; un cargamento de drogas descubierto o un intento de asalto frustrado
son lo más común. Nunca falta, en la nota periodística, el nombre de la
dependencia que intervino y no son pocos los casos de reportajes a los jefes
policiales a cargo del procedimiento.
Resulta tragicómico advertir cómo la agencia policial
interviniente pone toda su imaginación para captar la atención de los medios y
lograr así que éstos propalen la noticia: cocaína acondicionada en huevos de
pascua; marihuana dentro de envases de chocolate en polvo o en tapas de frascos
de desodorante; intentos de asalto donde se incautan medias de red, o peor, ¡la
mismísma máscara del diablo!, para disimular facciones; hay muchos casos de
planos o croquis del lugar a asaltar en las inmediaciones; asimismo, ha
resultado muy exitoso, apelar al hallazgo de granadas u otros materiales
explosivos (trotyl, etc.); o bien armamento de gran porte (carabinas, fusiles,
etc.), para concitar la atención de las páginas policiales de los diarios.
Lamentablemente, siempre han sido muy apetecidos
mediáticamente los casos en donde se vincula una nacionalidad con un delito;
así hay muchos casos en donde uno o más inmigrantes peruanos o bolivianos
fueron detenidos por transporte de marihuana o cocaína (“caen narcos
bolivianos”, etc.), lo cual reafirma el mito de que todos los traficantes son
de dichas nacionalidades y es allí donde hay que buscarlos (avivando
sentimientos xenófobos que –por qué negarlo- perviven desde siempre entre
nosotros, aunque vayan cambiando los destinatarios de nuestros prejuicios); o
bien en muchos de los intentos de asalto fraguados no faltan los sobrecitos con
cocaína o el cigarrillo de marihuana, con lo cual se refuerza en los circuitos
de comunicación visual y escrita la “demonización” de la droga (como ligada
directamente con el delito). Se trata de efectos colaterales pero no por ello
menos importantes: no nos olvidemos que se trata de mensajes permanentes,
provenientes de agencias del propio Estado y multiplicado por los medios, que
van formando a la opinión pública acerca de quiénes son y cómo actúan los que
son presentados como los únicos
delincuentes (formación de estereotipos
criminales).
Es impresionante ver las fotos que los diarios
presentan de los casos detectados: en la abrumadora mayoría se ve al o a los
detenidos, recostados boca abajo, con las manos esposadas a la espalda. Claro,
son en su mayoría hombres, jóvenes, de piel oscura y vestidos humildemente. La
escena del delincuente caído en desgracia es decorada con los objetos
secuestrados y algún policía custodiando la escena. Algunos han esperado horas
en esa denigrante posición hasta que aparezca el fotógrafo; otros en cambio,
sufrieron los flashes casi antes de ser detenidos. Pero tarde o temprano, los
esbirros del cuarto poder siempre
están ahí.
Esto no quiere decir que no haya otras razones que
…¿expliquen? estos operativos: es probable que reporten beneficios a las
carreras de los que intervienen (especialmente de los jefes de la dependencia),
o al menos sirvan para mantener al día las sedientas estadísticas policiales
oficiales, siempre ávidas de más y mayores resultados en la lucha contra el
crimen…no nos olvidemos, además, que de algún modo hay que justificar los
imponentes presupuestos y hasta animarse a propugnar su incremento. Mostrar
“resultados”, con detenidos y efectos secuestrados, es una de las vías aptas
para ello.
¿Toda la policía actúa del mismo modo? No. En realidad,
las dependencias que se han dedicado a fraguar procedimientos, en verdad, son
casi siempre las mismas. Podemos dividirla en tres grandes grupos (Superintendencias en la burocracia
policial): Seguridad Ferroviaria; Investigaciones; Drogas Peligrosas. En estas
tres áreas se concentra el 80 % de los casos detectados. Con esto quiero decir
que, si bien los casos son muchísimos, creo que así y todo la mayoría de los
integrantes de la policía federal están al margen de estos aberrantes hechos,
al menos por acción.
Muchos funcionarios judiciales, a veces, tienen
reservas de investigar estos y otros casos de corrupción policial, por miedo a
que se los interprete como un “enemigo de la institución”, cuando creo que es
exactamente al revés. Separando a los autores de estas graves violaciones a los
derechos humanos, es como se ayuda a la institución policial a mejorar su
cometido y funcionamiento. Lejos de los que puede creerse, en mi caso
particular tengo un altísimo respeto por la labor policial honesta y puesta al
servicio del Estado de derecho y del sistema democrático, y no se me ocurre
mejor manera de contribuir a su mejoramiento que ésta.
Con respecto a la actuación de la Justicia penal, de la
cual formo parte, la suerte de las causas ha dependido siempre del funcionario
responsable; así, en algunos casos, la agencia judicial ha dejado pasar casos
impresentables y los ha llevado a la etapa de juicio oral sin hacer ninguna
observación, y en otros, ha hecho naufragar el “procedimiento policial exitoso”
a los pocos días de presentado ante el juzgado. Lo mismo acontece con las
investigaciones respecto de los policías involucrados en los casos descubiertos:
algunos avanzan rápidamente, con medidas de prueba y procesamientos (incluso ha
habido condenas); otros, en cambio, sufren archivos prematuros y resoluciones
anodinas que ponen un manto de olvido sobre el pasado.
Lo que es terrible es el pavoroso efecto de la
burocracia de la que están constituidas tanto la agencia policial como la
judicial. Muy pocos recuerdan que detrás de estos casos hay personas de carne y
hueso, inocentes, que han sufrido las peores privaciones. Nos hemos vuelto
insensibles frente a estos dramas reales y cotidianos. Es lo que Hannah Arendt denomina “la banalidad
del mal”. Ahí está Julio Quiroz, mendigo
y sin techo, preso como narcotraficante, que murió olvidado en un pabellón de
Devoto, para descubrirse tiempo después, que su causa fue un invento policial.
O Jorge Nicolai, que fue captado mientras revolvía la basura en busca de
comida, y terminó detenido, violado y contrayendo el virus HIV en prisión; o
Jorge Ylich, un remisero que fue engañado y detenido por intento de asalto, que
se había casado por civil esa misma tarde y que tenía todo preparado para la
ceremonia religiosa y la fiesta al día siguiente, a las cuales, naturalmente,
no pudo asistir (no sólo eso, ¡la mujer no le creyó y le pidió el divorcio!).
Fue declarado inocente, en un juicio oral, cinco años después. También están
los dramáticos casos de aquellos que pasaron un larguísimo tiempo en prisión
hasta que la burocracia judicial se dio cuenta del engaño: Soria González,
changarín uruguayo, dos años; Salgado Quispe, padre e hijo, ambos costureros
bolivianos, catorce meses, son sólo ejemplos de decenas de casos similares.
Lo que causa estupor, además de todo ello, es el
siguiente razonamiento: si todos estos procedimientos son, como está plenamente
demostrado, ficticios, entonces, ¿de dónde sale la droga o el armamento que es
presentado en los mismos?. Hay casos de kilos de cocaína o de marihuana; hay
granadas, armas de fuego, rifles y hasta un fusil FAL. Hay decenas de autos
robados con los que las víctimas son llevadas hasta la escena del
procedimiento, para luego imputársele su ilegal tenencia. Causa conmoción
imaginarse a los verdaderos autores de estos falsos procedimientos manipulando
estos materiales prohibidos cuya tenencia deberían reprimir.
Desde la óptica jurídica, la aceptación de
procedimientos policiales fraguados (llegando en muchos casos, como se dijo, a
la condena) en el ámbito judicial dejan al descubierto evidentes fallas en el
circuito de garantías penales y procesales de nuestro sistema penal,
supuestamente destinado a proteger a todo imputado frente a los abusos del
poder del estatal.
Así, en primer lugar, es evidente que la declaración
indagatoria sigue siendo, en los hechos, una medida más para comprometer al
imputado, y no un medio para proveer a su defensa, ya que rara vez se tomó en
cuenta la versión que –con lujo de detalles- han brindado las víctimas de estos
procedimientos.
Por otra parte, institutos ya de por sí criticables en
teoría, como son la prisión preventiva y el juicio abreviado, exacerban sus
efectos deletéreos en este tipo de casos, ya que muchos de los sujetos
vulnerables que nutren los operativos fraguados terminaron sufriendo
prolongados lapsos de prisión anticipada, y algunos de ellos, desesperados por
la falta de respuesta judicial a esta situación de privación injusta de su
libertad, terminaron pactando una pena con el fiscal, con el cual recuperaron
finalmente su libertad. Inclusive hubo un caso en que el proceso penal se
bifurcó (drogas al fuero federal; encubrimiento de un vehículo robado al fuero
correccional), y resultó con condena en el primero (por juicio abreviado) y,
tiempo después, absolución en el segundo (dado que se constató que fue un
operativo fraguado). Un verdadero escándalo jurídico.
La experiencia de estos casos revela asimismo el
excesivo celo puesto de manifiesto por el operador judicial medio, en
formalismos y automatismos rituales propios de su función (conforme la visión neokantiana del derecho aprehendida en
la facultad), en desmedro de la debida revisación que merece el contenido material del caso presentado por la
agencia policial, dado que es muy común advertir cómo algunos expedientes han
tardado largos meses en resolver cuestiones triviales (competencia, congruencia
en la imputación, etc.), con el preso esperando, para descubrirse en el juicio
oral que no eran más que causas armadas, las cuales podían haber sido
desbaratadas desde un primer momento, evitando así los múltiples costes de su consecución.
También me causó mucha impresión ver
cómo esta realidad de los procedimientos fraguados encaja con la presentación
acerca de cómo funciona el sistema penal efectuada en el Tratado de Derecho Penal de Zaffaroni-Alagia-Slokar, especialmente,
con el ejercicio de poder punitivo
subterráneo que ejercen las agencias ejecutivas, y con la selectividad que efectúan éstas, de
sujetos vulnerables, que son
precisamente las víctimas de estos hechos. Es más, el informe de la Comisión
investigadora no sólo le da la razón a los autores, sino que me animo a decir que
los ha dejado cortos en la apreciación de la dinámica de captación de los
criminalizados, ya que en el Tratado se hace mención a que estos sujetos
vulnerables deben incurrir en algún delito formal para caer en el andamiaje
penal (opera tosca de la criminalidad),
cuando el informe muestra a las claras que ello, al menos en este tipo de
casos, ya no es necesario, que la sola
condición de sujeto altamente vulnerable ya de por sí predispone a la agencia
policial a seleccionarlo y
presentarlo como delincuente ante la
agencia judicial. La voracidad del sistema y sus necesidades funcionales ya
no se detienen frente al “obstáculo” que supone esperar a que, de una buena
vez, el sujeto vulnerable se decida a tentarse: lo ilícito le es impuesto por
su sola condición de encuadrar en algún estereotipo de sujeto marginal,
imposición que se logra mediante el engaño, aprovechándose de las múltiples y
urgentes necesidades de las víctimas (oferta laboral, propuesta sexual,
invitación a consumir sustancias estupefacientes, etc.).
Conclusiones.
Tal como se menciona en el Tratado de
Zaffaroni-Alagia-Slokar, la misión del jurista y del operador judicial es la de
contener y acotar el ejercicio de poder punitivo estatal, a través de la
reducción de sus mayores rasgos de irracionalidad, misión que está relacionada
con la eterna lucha, de tipo dialéctica, entre el Estado de Derecho, y el
Estado de policía que sobrevive en su interior, y que pulsiona por su
permanente expansión.
Este cometido, planteado de modo
brillante y muy deseable en su consecución, no es más que un programa ideal
expresado en el plano del deber ser,
que lamentablemente dista notoriamente de lo que realmente acontece en el plano
empírico, ya que tan sólo con leer el informe de los casos fraguados salta a la
vista que la agencia judicial, lejos de aquella misión asignada en la teoría
del saber penal, ha demostrado carecer de reflejos para contrarrestar estos
hechos (que no son más que una demostración pura de ejercicio de poder punitivo
manifiestamente ilegal ¡cuya legitimación se procura ante la Justicia penal!),
y aquellas veces que ha reaccionado, lo ha hecho con una letanía exasperante,
todo lo cual ha permitido que los procedimientos policiales fraguados se
reiteraran una y otra vez sin mayores consecuencias adversas para sus
perpetradores durante años, y que continúen, aunque en menor medida,
actualmente.
Además de ello, cabe concluir que
los operadores judiciales son tan permeables a los prejuicios latentes en la
selectividad por estereotipos como sus proveedores de las agencias ejecutivas;
fatal inclinación que lleva a que aquéllos sean, en definitiva, utilizados como
medio (por el manto de legitimación que les proveen, al menos en los primeros
tramos del proceso) para que éstos satisfagan las múltiples finalidades que los
lleva a fraguar procedimientos.
En resumen, enfrentar la verdad en torno a los
procedimientos policiales fraguados es fundamental para la Justicia penal por
diversas e importantes razones:
·
Constituyen
flagrantes violaciones a los derechos humanos;
·
Encajan
por lo general en tipos penales graves, tales como: privación ilegítima de la
libertad agravada; falsedad de documentos públicos y falso testimonio agravado.
·
Reafirman
falsamente la estigmatización de las personas de los segmentos sociales más
bajos, que usualmente se quieren presentar mediáticamente como los únicos
"delincuentes", y refuerzan el mensaje de una conexión “natural”
entre marginalidad, droga y delito.
·
Recaen
sobre personas con escasa o nula capacidad de reacción frente al sistema penal,
esto es, sobre las personas más vulnerables y que más necesitadas están de la
tutela del Estado en punto al cumplimiento de los derechos sociales
garantizados en la Constitución Nacional, agravándose con relación a ciudadanos
extranjeros por su agregado de discriminación.
·
Desmejoran
la imagen de la institución policial, e indirectamente, la de la judicial
frente a sus propios integrantes y a la ciudadanía.
·
Constituyen
un factor de corrupción dentro de la institución policial, claro indicio de ello
es la utilización de sustancias estupefacientes, armas de fuego y explosivos,
vehículos robados, etc. de origen incierto, que le son atribuidos a las
víctimas de estos procedimientos.
·
Son
funcionales para justificar (o aumentar) la existencia de recursos humanos y
materiales policiales en ciertas dependencias destinadas a la lucha contra el
delito; o bien para obtener ascensos en el escalafón.
·
Indirectamente,
se distrae (al menos en parte) a estas dependencias de su verdadera función de
prevención e investigación de delitos reales.
·
Al
presentarse estos casos en la instancia judicial, provocan un malgasto de
recursos y de tiempo valioso (hasta juicios orales), que podría ser aprovechado
para tramitar casos reales, especialmente, respecto de personas detenidas.
·
Inciden
también en la superpoblación carcelaria.
·
Contribuyen
al desprestigio de los medios de prensa, que propagan delitos inexistentes y
detenciones de inocentes, que luego resultan desvirtuados por la Justicia.
En
conclusión, la existencia masiva de procedimientos policiales fraguados durante
muchos años, realizados por la policía, tolerados por la Justicia penal y
difundidos por los medios de comunicación, implicaron una vuelta al más crudo
positivismo criminológico, o lo que es lo mismo, a la criminalización por el
sólo hecho de ser portador de un estereotipo (vago, criminal, disminuido mental
o alguna otra expresión de inferioridad
racial, drogadicto, homosexual o travestido, inmigante). En otras palabras,
presuponieron un regreso al derecho penal de autor, donde se castigaba
penalmente a un individuo simplemente por lo que era.
Cabe
señalar que a partir de octubre de 2003, fecha en la cual se hizo cargo de la Policía Federal el Comisario
Prados, y hasta la fecha, no se ha reportado un solo caso más que tenga los
parámetros aquí descriptos, signo de que las medidas preventivas y punitivas
adoptadas desde los distintos estamentos estatales involucrados ha rendido
resultado positivo en este sentido.
Así, desde
la Comisión
que integré, se apuntó a contribuir al mejoramiento del servicio de justicia,
constituyendo un aporte positivo para las instancias judiciales (que cuentan
con un trabajo sistematizado y esclarecedor acerca del tema), para la
institución policial (a quien se le ayuda a mejorar su labor y a ajustar sus
órganos internos de contralor), para los medios de prensa (a fin de que puedan
cumplir fielmente con su compromiso con la verdad y con la opinión pública), y
por sobre todas las cosas, para los ciudadanos y la reafirmación de sus derechos
y garantías constitucionales.